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LA LIBERACIÓN DE AUSCHWITZ

A mediados de enero de 1945, al ver que las fuerzas soviéticas se acercaban al complejo de campos de concentración de Auschwitz, las SS comenzaron a evacuar Auschwitz y sus subcampos. Las unidades de las SS obligaron a casi 60.000 prisioneros a marchar hacia el oeste desde Auschwitz. Miles habían sido asesinados en los campos en los días previos al inicio de estas marchas de la muerte. Decenas de miles de prisioneros, en su mayoría judíos, fueron obligados a marchar 55 kilómetros con rumbo noroeste hacia Gliwice (Gleiwitz), junto con prisioneros de subcampos ubicados en el este de la Alta Silesia, como Bismarckhuette, Althammer y Hindenburg; o con rumbo este a lo largo de 63 kilómetros (aproximadamente 35 millas) hacia Wodzislaw (Loslau) en la parte occidental de la Alta Silesia, junto con prisioneros de los subcampos ubicados al sur de Auschwitz, tales como Jawischowitz, Tschechowitz y Golleschau. Los guardias de las SS fusilaban a todo aquel que se rezagaba o que no podía continuar. Durante estas marchas los prisioneros también padecieron frío, hambre y las inclemencias del tiempo. Al menos 3.000 prisioneros murieron sólo en el camino a Gliwice; se estima que 15.000 prisioneros murieron durante las marchas de evacuación desde Auschwitz y los subcampos.

Al llegar a Gliwice y Wodzislaw, los prisioneros fueron cargados en trenes de carga sin calefacción y transportados a campos de concentración en Alemania, especialmente a Flossenbürg, Sachsenhausen, Gross-Rosen, Buchenwald, Dachau y también a Mauthausen en Austria. El viaje en tren duró días. Sin comida, sin agua, sin refugio ni abrigo, muchos de los prisioneros murieron en el viaje.

A fines de enero de 1945, los oficiales de las SS y de la policía obligaron a 4.000 prisioneros a evacuar a pie Blechhammer, un subcampo de Auschwitz-Monowitz. Las SS asesinaron alrededor de 800 prisioneros durante la marcha hacia el campo de concentración de Gross-Rosen. Los oficiales de las SS también asesinaron a 200 prisioneros que se quedaron en Blechhammer como consecuencia de las enfermedades o en el intento por ocultarlos. Tras una pequeña pausa, las SS transportaron alrededor de 3.000 prisioneros de Blechhammer desde Gross-Rosen al campo de concentración de Buchenwald en Alemania.

 

TESTIMONIOS

Fela Kesselbrenner nació el 15 de noviembre de 1924 y se crió en Międzyrzec, una ciudad polaca con una comunidad judía muy grande. Ella y sus cinco hermanos vivieron una infancia tradicional hasta que empezó la Segunda Guerra Mundial. “Mi papá dijo: son muy civilizados los alemanes, no van a hacer eso, no van a hacernos cosas malas.” Pero su padre se equivocaba. Fela terminó en un campo de concentración y logró salir con vida. A 65 años de la liberación de Auschwitz, una historia del exterminio nazi, en primera persona.

Ganarle a la muerte es insólito. Hacerlo más de una vez, casi imposible. Si el futuro está escrito y si el ser humano está liberado de toda responsabilidad u oportunidad, el papel que los otros juegan en el camino tampoco tiene mucha importancia. Sin embargo, las pequeñas acciones cotidianas hacen del destino una probabilidad al alcance de la mano. Entonces, las personas que aparecen en cada momento sí son cruciales y así, sí se le puede ganar a la muerte. Incluso, más de una vez.

Arbeit Macht Frei, en alemán, “el trabajo nos vuelve libres”. Eso promete el cartel de hierro que está aún hoy en la entrada de lo que fue el campo de concentración de Auschwitz, uno de los centros de exterminio más grandes de la Segunda Guerra Mundial. Fela Kesselbrenner pasó dos años ahí antes de emprender “el camino de la muerte”. Cuando se evacuaron las instalaciones, los oficiales obligaron a los prisioneros a caminar varios kilómetros en medio de la noche. La mujer logró ganarle al final que vieron decenas de sus compañeras, ya fuera a balazos o por causa del frío extremo y la mala alimentación. Pero su increíble historia empezó antes, junto con los planes de expansión del Tercer Reich.

Fela nació  el 15 de noviembre de 1924 y se crió en Międzyrzec, una ciudad polaca con una comunidad judía muy grande. Ella, sus tres hermanos y dos hermanas vivieron una infancia de escuela y juegos hasta que se empezó a hablar de los planes de Alemania. “Se decía que iban a entrar a Austria, a Checoslovaquia, a Polonia”, recuerda la mujer de 85 años y voz temblorosa, pero jamás creyeron que ocurriría nada grave. “Mi papá dijo: son muy civilizados los alemanes, no van a hacer eso, no van a hacernos cosas malas.

El día de la ocupación alemana llegó, y bajo el control nazi, los judíos polacos perdieron todo tipo de derechos, entre los que estaba el de aprender sobre su religión. El dinero escaseaba y Fela aceptó una propuesta arriesgada de un profesor de la universidad: formar una escuela clandestina. Ambos se conocieron cuando ella estaba estudiando para ser maestra y el hombre la consideró ideal para encargarse de los grupos de niños más pequeños.

TENSIÓN SIN FIN
En Międzyrzec, la amenaza era constante. “En nuestra ciudad, había un nazi al que llamaron el golpeador. Él siempre andaba con un perro y decía que no podía desayunar sin antes matar a un judío”, recuerda Fela.  “Yo empecé a dar clases a dos grupos para que aprendan a leer hebreo en una habitación que estaba en el primer piso de un edificio. Y de repente, se abre la puerta y entra el golpeador con el perro. Me mira a mí y a los chicos. No sabía qué pensar, no sé si se volvió loco al ver diez chicos acá y diez chicos allá. Me miró y me preguntó: ¿Por qué no abrís las ventanas?, no me preguntó qué hacía con los chicos. En alemán, le digo: Enseguida voy a abrir. Él me miró, me tocó la nariz y salió.”

Después de pasar un tiempo en los guetos, los judíos fueron enviados a distintos campos de concentración. Tras una gran matanza, la zona en la que vivía fue desalojada. Su nuevo destino: el campo de Majdanek, Polonia. “Cuando nos sacaron para llevarnos en los trenes, nos sentaron en la calle y dijeron que nos iban a llevar al cementerio para matarnos. En ese momento, yo necesitaba ir al baño. Pasó un nazi, le expliqué y me llevó a una casa”, recuerda Fela, y se emociona con el relato aún después de 60 años. Ella fue sin miedo, sin pensar que la iban a lastimar. Cuando salió de la vivienda, el soldado ya se había ido.

Es uno de esos momentos en los cuales qué hacer puede parecer evidente. Fela se preguntó: “¿Qué hago ahora? ¿Vuelvo con la gente a que me maten o me quedo acá? ¿Qué voy a hacer sola aquí?” Sólo se tenía a sí misma y a su familia, y regresó con sus seres queridos. En el camino, vio un peine en el suelo y lo levantó. Se arregló el cabello mientras pensaba: “Quiero estar peinada hasta que muera.”

LA SUMA DE TODOS LOS MIEDOS
En Majdanek, separaron a las mujeres con hijos de las jóvenes y a los muchachos de los niños y ancianos. “Nos sacaron toda la ropa que tenía algo de oro y nos llevaron a las chicas jóvenes adentro y bajaron las persianas”, relata, enfrentando un dolor que parece durar más que los recuerdos. Se sabía que los ancianos y los chicos eran enviados a la cámara de gas. Con las luces apagadas, amontonadas y sin ropa, las mujeres comenzaron a rezar la oración suprema del pueblo judío, el Shemá (“Escucha”). “Pero en el último momento, subieron las ventanas y nos dieron agua.” 

La estadía en Majdanek fue corta. Pronto subió al tren que la llevaría a uno de los íconos más crudos de la Segunda Guerra Mundial: el campo de concentración de Auschwitz.

Al llegar, le cortaron el cabello y le tatuaron un número, su identificación, su nombre. “Estuvimos casi dos años allá. Nos despertaban muy temprano y teníamos que hacer la cama, salir a que nos cuenten para ver si faltaba alguien y nos llevaban a trabajar. Después del trabajo, cuando llegábamos, nos daban un pedacito de pan duro como una piedra. Eso comíamos en todo el día”, recuerda. 

LA LLEGADA DEL EJÉRCITO ROJO
Cuando los rusos empezaron a acercarse a Auschwitz, los nazis llevaron a la población del campo en lo que se llamó “el camino de la muerte”, una caminata de varios kilómetros en medio de la noche. Fela describe en particular el frío que sintió y el castigo que recibían los que no podían seguir adelante. “Mi hermana menor dijo que no iba a caminar más, entonces la agarramos y la llevamos entre las dos mayores, porque al que paró, lo mataron.” A los sobrevivientes, los llevaron a Retzoff, un campo para militares alemanes. Pero para ese entonces, los bombardeos de los aliados obligaron a liberar a los prisioneros.

Después de la guerra, Fela llegó a la Argentina con su marido y su primer hijo. Su historia de vida está llena de dolor, pero eso no le impide compartir con sus nietos y el mundo una historia que es parte de la Historia.